Criando viajeros, que por fin vuelan solos

Cuando los hijos deciden viajar por el mundo, se llora un poco, pero también es momento de celebrar.

PALABRAS Adriana La Rotta
enero 2018
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Paul Ryding

En estos tiempos globalizados nada más natural que recién cumplida la mayoría de edad, los hijos empiecen a viajar por su cuenta: con sus propios itinerarios, a visitar a sus propios amigos y, lo mejor de todo, con sus propias tarjetas de crédito. Es un momento que se celebra con sonoro orgullo y callado alivio. Significa que de ahí en adelante, en la burocracia familiar, el departamento de entretenimiento deja de ser responsabilidad exclusiva de los padres.

Es también un momento agridulce, como todo lo que tiene que ver con la llegada de los hijos a la edad adulta. Porque así como están destinados a triunfar es inevitable que los hijos sufran fracasos, algunos espectaculares, en los cuales uno como padre no podrá hacer más que aplicarles paños tibios para aliviar momentáneamente el dolor del tropezón. Así es la vida. Cuando uno menos se da cuenta, los hijos deciden que ya son grandes, no solo para ordenar sus propias bebidas en los bares, sino también para irse a vivir, aunque sea temporalmente, a dos océanos de distancia.

Todas estas cavilaciones ocuparon mi mente en estos días mientras ayudaba a mi hija mayor a preparar su equipaje para un viaje largo y lejano. Conscientes del efecto nocivo de los padres modernos revoloteando alrededor de sus hijos adolescentes, muchas universidades apoyan a los estudiantes para que cursen estudios en otro país, al menos durante un semestre. Debo revolotear mucho, porque mi hija eligió irse a China.

Mientras revisábamos visas, tarjetas de seguros médicos y listas de contactos de emergencia, una vida de viajes con ella pasó frente a mis ojos. La excursión a las sierras de Córdoba, en Argentina, cuando ella tenía apenas un mes y medio de nacida y que en una especie de delirio posnatal mi marido y yo decidimos era la mejor de las ideas. Los largos vuelos desde y hacia Hong Kong que, para cortar tiempo se hacen sobre el polo helado y que tienen un efecto hipnótico porque después de cierto tiempo de mirar el blanco infinito uno se olvida de dónde viene y a dónde va. Las excursiones a acampar al pie del monte Fuji en Japón, en las que pasábamos la mitad de la noche peleando contra los mosquitos y la otra mitad, disputándonos el espacio entre la carpa. Lo mejor: los días de playa y sol, y también los otros días, los de no hacer absolutamente nada.

Una vez que un hijo emprende su primer gran viaje por cuenta propia, un capítulo se cierra y otro se abre. Es el anticipo de que, de aquí en adelante, muchos otros destinos competirán por su tiempo y su atención. A dónde vayan será lo de menos, con tal de que nunca olviden el camino de regreso.

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