Un primer maratón y el significado de comunidad

PALABRAS por Allegra Hanlon
febrero 2018
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ilustracion: Michele Marconi

Los números rojos de la gran liebre digital que aparece ante mí señalan 3:15. Al lado, un hombre italiano con una espesa barba negra agita una bandera marcando el kilómetro 28. Hace 3 horas y 15 minutos que comencé a correr y está lloviendo a cántaros. Dejé de sentir mis pies cerca del kilómetro 15 excepto los dedos, que se rozan unos con otros dentro de mis empapadas medias. 

La voz de la mujer española que conocí en la línea de salida, y que ha corrido otros tres maratones, resuena en mi cabeza: “Es en el kilómetro 30 cuando tu cuerpo cambia”. ¿Kilómetro 30? ¡Llevo 40 minutos con calambres!

Es mi primer maratón. Supongo que correr 42,2 km sobre calles de piedra en un país cuyo idioma no hablo no fue mi mejor idea, pero la verdad es que quería decir “sí, yo corrí un maratón en Roma”. 

Pero en el km 28, estoy sola con las piedras resbaladizas bajo mis pies, y créanme, no nos estamos llevando bien.

De repente, escucho a una multitud ruidosa detrás de mí. “¡Andiamo ragazzi!”, gritan las voces. “¡Vamos, chicos!”. Los corredores a mi alrededor se suman a los gritos: “¡Forza Italia!”.

La multitud detrás de mí se hace a un lado y emerge un hombre mayor en una silla de ruedas, empujado a ambos lados por dos versiones más jóvenes de sí mismo, sus hijos. El padre alza sus puños en señal de triunfo y se ríe.

De repente, el ánimo cambia. Una mujer rubia y delgada a mi derecha comienza a aplaudir en señal de apoyo: “¡Se possono farlo così possiamo!”, grita. “¡Si ellos pueden hacerlo, nosotros también!”.

Todavía estoy empapada. Mi cuerpo aún duele más de lo que nunca lo ha hecho, pero ahora sonrío de oreja a oreja. Otro corredor me guiñe el ojo.

Entonces me doy cuenta de que la mayoría de las personas que corren junto a mí no lo hacen por el título, sino porque ser parte de esta carrera y compartir el dolor y la alegría te hace sentir como si fueras parte de algo más grande.

En el km 35 veo delante mío a una pareja mayor que corre agarrada de manos; en la espalda de sus camisetas verdes se lee “50 años casados hoy”.

Adelanto a un hombre de pelo negro con una camiseta de rayas amarillas y rojas que se inclina apoyando las manos sobre sus rodillas.

“¡Andiamo, Andiamo!”, digo animosamente y él comienza a correr de nuevo junto a mí, dos completos extraños unidos por la promesa de la línea de meta. “¡Selfie, selfie!”, dice el hombre, levantando su celular bajo la lluvia torrencial.

Perdí la pista a ese hombre en el siguiente kilómetro. Espero que llegara al final. También espero que así lo hicieran los dos hijos que empujaban la silla de ruedas de su padre y esa pareja que celebraba su aniversario. Sentada en el sofá con hielo en mis piernas cuatro días después, pienso en esos extraños y sonrío, dándoles las gracias desde lo más profundo de mi corazón.

Allegra Hanlon es una escritora que cursa su último año de estudios en Cornell University. Ya corrió su segundo maratón en Miami.

 

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